Capítulo 29 (VI) El despertar – VI El perdón y el final del tiempo.

Capítulo 29 (VI) del libro de texto de Un a Curso de Milagros: El despertar – VI El perdón y el final del tiempo.

¿Cuán dispuesto estás a perdonar a tu hermano? ¿Hasta qué punto deseas la paz en lugar de los conflictos interminables, el sufrimiento y el dolor? Estas preguntas son en realidad la misma pregunta, aunque formuladas de manera diferente. En el perdón reside tu paz, pues en él radica el fin de la separación y del sueño de peligro y destrucción, de pecado y muerte, de locura y asesinato, así como de aflicción y pérdida. Éste es el “sacrificio” que pide la salvación, y, a cambio de todo ello, gustosamente ofrece paz.

¡No jures morir, santo Hijo de Dios! Pues eso es hacer un trato que no puedes cumplir. Al Hijo de la Vida no se le puede destruir. Es inmortal como su Padre. Lo que él es no puede ser alterado. Él es lo único en todo el universo que necesariamente es uno sólo. A todo lo que parece eterno le llegará su fin. Las estrellas desaparecerán, y la noche y el día dejarán de ser. Todas las cosas que van y vienen, la marea, las estaciones del año y las vidas de los hombres; todas las cosas que cambian con el tiempo y que florecen y se marchitan, se irán para no volver jamás. Lo eterno no se encuentra allí donde el tiempo ha fijado un final para todo. El Hijo de Dios jamás puede cambiar por razón de lo que los hombres han hecho de él. Será como siempre ha sido y como es, pues el tiempo no fijó su destino, ni marcó la hora de su nacimiento ni la de su muerte. El perdón no lo cambiará. No obstante, el tiempo sólo está a la espera del perdón para que las cosas del tiempo puedan desaparecer, ya que no son de ninguna utilidad.

Nada sobrevive a su propósito. Si algo fue concebido para morir, morirá, a no ser que se niegue a aceptar ese propósito como propio. El cambio es lo único que se puede convertir en una bendición aquí, donde ningún propósito es fijo por muy inmutable que parezca ser. No creas que puedes fijar un objetivo que no concuerde con el propósito que Dios te encomendó, y hacer que sea inmutable y eterno. Puedes adjudicarte un propósito que no te corresponde a ti, pero no puedes deshacerte del poder de cambiar de parecer y establecer otro propósito en tu mente.

Poder cambiar es el mayor regalo que Dios le dio a todo lo que tú quisieras hacer eterno, para asegurarse de que el Cielo fuese lo único que no desapareciese. No naciste para morir. Y no puedes cambiar, ya que tu función la fijó Dios. Todos los demás objetivos, excepto uno, operan en el tiempo y cambian de manera que éste se pueda perpetuar. Pues el perdón no se propone conservar el tiempo, sino abolirlo una vez que deja de ser de utilidad. Y una vez que deja de ser útil, desaparece. Y ahí donde una vez parecía reinar, se restaura ahora a plena conciencia la función que Dios le encomendó a Su Hijo. El tiempo no puede fijar un final para el cumplimiento de esta función ni para su inmutabilidad. La muerte no existe porque todo lo que vive comparte la función que su Creador le asignó. La función de la vida no puede ser morir. Tiene que ser la extensión de la vida, para que sea eternamente una para siempre y sin final.

Este mundo te atará de pies y manos y destruirá tu cuerpo únicamente si piensas que se construyó para crucificar al Hijo de Dios. Pues aunque el mundo sea un sueño de muerte, no tienes por qué dejar que sea eso para ti. Deja que esto cambie, y todas las cosas en el mundo no podrán sino cambiar también. Pues aquí todo se define en función del propósito que tú le asignas.

¡Qué bello es el mundo cuyo propósito es perdonar al Hijo de Dios! ¡Cuán libre de miedo está, y cuán repleto de bendiciones y felicidad! ¡Y qué dicha es morar por un tiempo en un lugar tan feliz! Mas no debemos olvidarnos de que en un mundo así, no transcurre mucho tiempo antes de que la intemporalidad venga calladamente a ocupar el lugar del tiempo.

Besos en el corazón y bendiciones.

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